Los terroristas

Dennis Lehane sobre 'Los terroristas'

16 junio 2014

Como cabe esperar de una novela titulada Los terroristas, el terrorismo es el núcleo central de la última investigación policial de Martin Beck imaginada por Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Sin embargo, las caóticas formas que el terror adopta no son simplemente los magnicidios que enmarcan el relato (el primero en Latinoamérica, el segundo en Estocolmo). Sjöwall y Wahlöö van mucho más allá al plantearse la propia definición de terrorismo. Y es que Martin Beck y su Brigada Nacional de Homicidios —integrada por oficiales tan beligerantes como dispares— no solo se ven obligados a enfrentarse a un inminente acto de insurrección violenta en las calles de Estocolmo, sino que también han de resolver el asesinato de un adinerado productor de películas pornográficas, y lidiar con la destrucción de una ingenua joven de dieciocho años, Rebecka Lind, por el implacable engranaje del estado de bienestar. Durante todas estas vicisitudes, su mayor enemigo no serán las balas o las bombas, sino un aparato burocrático que ensalza y premia sus propias calamidades.

Puesto que esta novela —la décima de la serie— es el canto de cisne de Martin Beck, merece la pena recordar que, dentro de losanales de la ficción policíaca realista, Beck está muy por encima dela mayoría de detectives. Su psique está plagada de cicatrices y élmismo reconoce tener un carácter depresivo; sin embargo, su cargade melancolía no lo lleva al grado de autocompasión masoquista quetan a menudo enmascara la cosmovisión trágica del clásico héroeduro. Beck es una obstinada abeja obrera cruzando las fronteras dela mediana edad con una vida sentimental sana que, no obstante, nose hace ilusiones acerca de su lugar en el orden global de las cosas.

Aunque excepcional, no deja de ser un simple funcionario. Un magníficopolicía, sí: pero a ojos de Sjöwall y Wahlöö un magnífico policíaes poco más que un excelente funcionario en un sistemairremediablemente fallido. Entre las cualidades de Beck se encuentran«la buena memoria, la tenacidad, —a veces llegaba a ser tozudocomo una mula—, y una excelente capacidad deductiva, [además de]que solía tomarse el tiempo que fuera necesario para todo lo que dealguna manera afectara al trabajo, [incluso si se trataba de] menudenciasque al final resultaban carecer de significado…». Esto es loque hace de alguien un buen policía, no una pistola, ni una exageradaemotividad, ni la necesidad de arremeter contra molinos de viento oluchar de algún otro modo contra la maquinaria social: ese es el trabajodel escritor. El trabajo del policía es perseverar, analizar las pruebas,cotejar los datos, hacer el papeleo y seguir un caso hasta el final.Lo que obstaculiza esa labor será la total y absoluta incompetenciaburocrática (una constante en la Suecia de 1975) descrita por Sjöwally Wahlöö. Cualquiera que sea capaz de desentrañar una cierta visiónde la verdad, por gris y minúscula que esta sea, entre las espinosaszarzas de la completa ineficiencia del sistema, es un héroe. Y MartinBeck es ese tipo de hombre. Hasta tal punto lo es que el frío y altamentecompetente terrorista, Reinhard Heydt, encuentra «incomprensible» que pueda «existir uno así en un país como Suecia».

Ah, sí..., «un país como Suecia». Uno se pregunta cómo Sjöwally Wahlöö se las arreglaron para vivir allí a lo largo de la producciónde las diez novelas sobre Martin Beck, siendo como es tan negativosu retrato de no solo el fracasado estado del bienestar, sino tambiénde un paisaje físico que, a pesar del desvergonzado mito de diosasrubias y cascadas de agua, en realidad da a luz cada mañana a un«sombrío, grisáceo y deprimente amanecer». Es un mundo de finalesde noviembre, constituido por un oscuro y tumefacto cieloque se cierne apenas diez centímetros sobre la cabeza hasta quellega mayo. El poder judicial no funciona, el sistema educativo noproduce sino decadencia, y la clase gobernante se queda con lamejor porción del pastel mientras da la espalda a los necesitadosque se pelean por las migajas.

En ningún otro personaje se reflejan las injusticias del sistemade modo tan sangrante como en Rebecka Lind. Rebecka entiendetan poco la sociedad que la rodea que entra en un banco a pedirla la cajera dinero porque le han dicho que los bancos concedenpréstamos a aquellos que los necesitan. No solo se topa con el rechazosino que también es arrestada, comenzando así su viaje porel esperpéntico aparato judicial para el que Martin Beck trabaja.Rebecka, a quien «no [le] interesa la política más allá del hecho deestimar que la sociedad en que vivimos es incomprensible y quesus líderes deben de ser criminales o dementes», es a la vez la santainocente y la víctima propiciatoria empujada a la deriva por unacolectividad que afirma preocuparse por ella, pero que luego la depredarátan pronto como su soledad la conduzca a la falta de recursoseconómicos. A lo largo de la novela, en el camino deRebecka se cruzarán Martin Beck y su novia, Rhea, así como WalterPetrus, el pornógrafo que está a punto de ser asesinado de ungolpe brutal. El tal Petrus, corpulento e impotente, elige a jovencitaspara el reparto de películas porno de bajo presupuesto en lasque el acto sexual se repite de película en película «en el mismosofá viejo al que de vez en cuando le cambiaban la colcha que locubría». Petrus primero hace que sus candorosas chicas se enganchena los narcóticos. Una vez que las ha convertido en drogodependientesy están dispuestas a cualquier cosa para conseguir lasiguiente dosis, les anuncia que «cualquier cosa» significa tener relacionessexuales delante de la cámara. Mientras que Rebecka Lindescapa de sus garras (solo para caer presa del despiadado sistema),muchas otras niñas no lo conseguirán. El lector no necesita unaguía para divisar las conexiones que Sjöwall y Wahlöö establecenentre la clase de terrorismo que Petrus ejerce, el de la banda armadaULAG y el del propio Estado.

El objetivo de Reinhard Heydt y su grupo multiétnico de asesinospolíticos es un reaccionario senador estadounidense (del cualno se dice el nombre) que «había aconsejado al presidente Trumanlanzar las primeras bombas atómicas»... y «contribuido activamentea las “soluciones” en Tailandia, Corea, Laos, Vietnam yCamboya». La persona que ayudara a apretar el botón para lanzarla bomba de Hiroshima podría tener cierto margen moral, pero nola que hiciera lo mismo en Nagasaki o propugnara el bombardeode los sistemas civiles de irrigación en Camboya. Si esas accionesno son representativas de terrorismo patrocinado por el Estado, entoncesnada lo es.

Los terroristas no son en absoluto presentados como una románticabanda de anarquistas defensores de la libertad: son fríos, sanguinarios,y no luchan por ninguna causa real ni ninguna verdaduniversal, sino solo para asesinar al senador de EE.UU. Igual queél, la única verdad que parecen representar es que la fuerza equivalea la justicia. Creen en el poder del homicidio para doblegar lavoluntad del pueblo hasta el punto de que el pueblo se dé cuentade que su voluntad es irrelevante. Su terrorismo —al igual que elde Petrus, el del senador y el de los parlamentarios suecos— estanto más escalofriante cuanto que carece de color, de pasión, esinstintivamente banal. La ferocidad de los actos destructivos referidosen la novela es terrorífica precisamente porque los que hacenuso de ella no sienten ferocidad ninguna. No sienten nada. Los quetienen sentimientos —Rebecka Lind, el padre de una de las víctimasde Petrus, Kollberg (el antiguo compañero de Martin Beck)—son aplastados o deciden bajarse del tren para siempre.

Entonces, ¿cuál es la solución? Al terminar el libro —y con ellotoda la serie— con la palabra «Marx», Sjöwall y Wahlöö, parecenargüir a favor del comunismo. Sin embargo, dicho alegato ya nose percibe como una solución mucho más seria que, digamos, la deSarah Palin treinta y cuatro años más tarde cacareando acerca dellibre mercado como la solución a todos los males del capitalismo.Por fortuna, Sjöwall y Wahlöö demuestran más destreza como novelistasque como polemistas. Escriben acerca de la violencia modernacon una claridad tan fluida que adquiere una suerte de graciamusical. El atentado inicial en Latinoamérica es un ejemplo modélicode perfecta atención al detalle y de distanciamiento narrativocasi cómico. Mucho después, el paso de la comitiva del senador porEstocolmo está descrito con una prosa elegante y escueta, acompañadade una tensión tal que puede llevar al lector a devorarse lasuñas. El impactante asesinato de un político local evoca a Oswald,Ruby, y Sirhan Sirhan en una sola línea sin que en ningún momentose llegue a mencionar a ninguno de ellos. Por otro lado, elacecho de Reinhard Heydt a Martin Beck resulta un juego tan perversoy traumático como los concebidos por Hitchcock o Highsmith.

Hacia la mitad de la novela, Rhea le dice a Beck: «Tú eres untío estupendo, Martin. Pero tienes un trabajo de mierda. ¿A quéclase de personas metes en la cárcel por asesinato y otros horrores?¿Como hace poco? ¿Un currante marginado que trataba de vengarsedel cerdo capitalista que había arruinado su vida?». Es unaacusación condenatoria que, prácticamente, repite Kollberg al finaldel libro recordándole a Beck que tiene «un mal trabajo. En unmala época. En una mala parte del mundo. En un mal sistema».

Un sistema que mancha a todos cuantos lo tocan. Los inocentesson destrozados. También lo son muchos de sus explotadores. Enla carnicería espiritual que se produce en la estela de acontecimientosque surcan la narración, pocos personajes —buenos o malos—saldrán ilesos. Únicamente el propio sistema, cubierto de mugre ynecedad, permanecerá intacto con el inteligente, tenaz y melancólicoMartin Beck como su abanderado.

Dennis Lehane

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