Por las portadas de SerieNegra han desfilado grandes detectives, de la talla de Sherlock Holmes, Lew Archer, John Rebus, Philip Marlowe, Erlendur SveinssonBernie Gunther o Myron Bolitar. Vamos a recordarlos. No sufras, no tienes que elegir sólo a uno:

Sherlock Holmes: El gran clásico, pese a Arthur Conan Doyle, su creador. Primero lo inventó, luego le cogió manía. Lo mató. Lo resucitó. Nunca volvió ya a abandonarlo. El autor escribió cuatro novelas y 56 relatos cortos de su inmortal personaje, pero nunca se rindió a lo evidente: la historia de la Literatura le recordaría como el autor del inquilino del 221b de Baker Street. Creado bajo la inspiración del Auguste Dupin de Edgar Allan Poe y del doctor Joseph Bell, famoso en Edimburgo por su ojo clínico y por su increíble capacidad analítica, aunque los conocimientos médicos de ése fueron a parar a John H. Watson. Y, desde entonces, Holmes es el gran paradigma que recrearon otros insignes investigadores, como el Hércules Poirot, de Agatha Christie, incluso contemporáneos, como el doctor Gregory House, una evidente reencarnación de Sherlock Holmes, del que coge su extraordinaria capacidad analítica, su vida libérrima e incluso su afición a las drogas.

Holmes ha dejado un axioma irrebatible: cuando elimines lo imposible, aquello que queda, no importa lo improbable, debe ser la verdad. Durante un siglo, Holmes ha personificado el talento de ver más allá de lo evidente, de discernir cuál es la verdad en medio de la de la confusión y el engaño. Probablemente, como afirma Robert Downey Jr., el último actor en encarnarlo, “el primer superhéroe, un superhéroe intelectual”.

Philip Marlowe: Solitario, cínico y escéptico, Philip Marlowe es, junto a Sam Spade, el detective más famoso de todos los tiempos. De algún modo, todos los grandes detectives que a partir de los años cuarenta ha dado la novela negra no hacen más que recrear al inolvidable Marlowe, concebido inicialmente por Raymond Chandler como una suerte de alter ego, un Quijote que se enfrenta a una sociedad que no comprende armado con su insobornable ética. El detective, que narra todas las novelas en primera persona, no vacila en ser despiadado, incluso a veces brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo. Fuera, en la ciudad, todo está, en cambio, corroído. El crimen es el espejo de la sociedad: muertes, robos, estafas, extorsiones. Y en esa sociedad es el dinero y la ambición por el poder lo que siempre está detrás, convirtiendo la moral y la dignidad en una simple moneda de cambio. Pero ahí está Marlowe, él solo, haciendo frente a un mundo en descomposición. Un hombre con una misión en la vida.

Elena González-Cascos ha reunido el perfil de Marlowe: “Nacido en 1906. Altura poco más de 1,80. Peso 95 kilos. Pelo negro, ojos castaños. Complexión fuerte. Siempre lleva sombrero y gabardina, gafas de sol de pasta. Cuando se viste para alguna ocasión especial se pone su único traje azul, zapatos negros, calcetines negros. Es soltero. Muy fumador. También fuma pipa en su oficina. Le gusta beber. Tiene una botella en un cajón para beber solo o con sus clientes”. Prefiere, en cambio, los gimlets en la barra de un bar. Ama el ajedrez pero no tiene nivel de competición. Le gusta el cine pero no los musicales. Vive en un sexto piso en un apartamento de tres habitaciones. Paga por ello 60 dólares. Su oficina está en el edificio Cahuenga en el Hollywood Boulevard. Mesa de cristal, no tiene secretaria ni contestador automático.

Su coche es un Chrysler. Armas: Luger, colt automáticas y preferiblemente una Smith & Wesson de calibre 38. Para él, lo primero es la lealtad al cliente. Sus amigos, acaso algún colaborador: Carl Moss, Bernard Ohls, Carl Randall, el capitán Gregory. Tarifa 25 dólares al día. Es en la relación con el dinero en donde se explicita la moral de Marlowe –una tentación que equipara al de la mujer guapa, símbolo también de la corrupción–, profesional honesto, que hace bien su trabajo y no se contamina, parece una realización urbana del cowboy. “Si me ofrecen 10.000 dólares y los rechazo, no soy un ser humano”, dice un personaje de James Hadley Chase. En el final de El gran sueño, Marlowe rechaza 15.000. En ese gesto se asiste, según Ricardo Piglia, al nacimiento de un mito.

Myron Bolitar: el personaje que protagoniza siete de las novelas de Harlan Coben, es un agente deportivo, un tipo normal que se ve envuelto en una serie de intrigas. Se enfrenta a los casos de una forma personal, no es Sherlock, no es policía, ni investigador, y esto plantea unos límites pero también mucha proximidad.

Myron Bolitar es además un hombre con gran sentido del humor -no en vano algunos críticos literarios consideran que Coben no es sólo un gran maestro de la novela negra sino también un profesional de la diversión-, de corazón noble y naturaleza generosa. Al menos lo es hasta que se siente entre la espada y la pared. Cuando eso sucede, es mejor mantenerse al margen.

Bolitar fue un fenómeno del baloncesto en la Universidad de Duke hasta que una lesión acabó con su carrera. Después de graduarse en Derecho en Harvard, abrió su agencia y se convirtió en agente de deportistas profesionales, para luego añadir a la lista a los artistas y escritores. Por lo general, sus “casos” son el resultado de hacer favores a sus clientes o amigos. El primero nos llegó en 1995. Hoy, ya hay publicadas nueve novelas de la serie.

Bolitar no actúa solo. Suele investigar con la ayuda de sus socios, personajes de lo más pintoresco: Win, Esperanza Díaz, Big Cyndi y Zorra.

John Rebus: Ian Rankin quiso que su héreo fuera un agente de policía en Edimburgo. Pero es un agente pecualiar, porque con el propósito de evitarle problemas, sus superiores le asignan los casos que otros agentes no aceptarían por nada del mundo. Precisamente son esos los casos con los que más disfruta Rebus, un individuo solitario, con la cabeza llena de fantasmas. Descrito por el Sunday Telegraph como «un hombre compasivo e irascible; un solitario por voluntad y carácter, y un fracaso como marido y padre», es el trabajo, como el propio Rebus confiesa, lo que le mantiene cuerdo, pues le permite vivir la vida de otras personas y, mientras lo hace, desentenderse de la suya.

«Edimburgo constituye el entorno perfecto para la literatura de crimen y misterio. Tiene una doble personalidad: por una parte es la ciudad de la historia, de los museos y de la realeza, pero al mismo tiempo despierta la sensación de que tras los gruesos muros de sus casas georgianas sucede todo tipo de atrocidades.»

Rebus conoce Edimburgo a fondo, no sólo la ciudad que el turista o el visitante esporádico ve. Rebus conoce los bajos fondos de la ciudad, sus emociones y envidias ardientes, las intrigas que se ocultan tras las gruesas paredes de piedra y las ventanas cerradas a cal y canto. Su condición de detective le permite acceder a las más altas y más bajas esferas de la vida, y en los casos que investiga ambas parecen entrelazarse.

Lucha contra su propia adicción al alcohol y al tabaco, y toma las copas en un genuino pub de la ciudad, el Oxford Bar, en Young Street.

La finalidad de las primeras novelas de Rebus era mostrar un perfil Edimburgo nuevo y sorprendente para la mayor parte de los lectores. Tal y como Rankin afirma:El inspector Rebus ha sido encarnado en la pequeña pantalla por John Hannah (Cuatro bodas y un funeral y Dos vidas en un instante).

Lew Archer: el gran detective creado por Ross MacDonald, sabe que los secretos del pasado son los que provocan los misterios del presente. El tiempo tan sólo los hiberna, hasta que estallan ante la atónita mirada de sus protagonistas. Del nihilista y cáustico Lew Archer, el autor norteamericano escribió 18 novelas que componen uno de los mejores retratos de los Estados Unidos durante la segunda mitad de siglo. Aunque hizo su primera aparición en 1946 en un relato breve, la primera novela en la que reaparece como protagonista es El blanco móvil (1949), llevada al cine por Paul Newman en “Harper, investigador privado” (1966). Le siguió La piscina de los ahogados (1950), ambas son testimonio de una de las obras cumbres del género policíaco y de la literatura del siglo XX.

Un hombre solo quizás no pueda frenar la maldad, pero sí puede investigarla. Para, al fin y al cabo, convencerse aún más de que el crimen transforma y destruye, corroe la vida de los culpables, como ya ha extinguido la de sus víctimas. Lew Archer es ese hombre dispuesto a descubrir la maldad que se camufla en la vida cotidiana y mostrárnosla a corazón abierto.

En El blanco móvil, un viejo conocido, abogado, reclama a Archer para que investigue la desaparición de un magnate del petróleo, que pronto emerge como un secuestro a cambio de cien mil dólares. Es lo que, en cierto modo, esperaba Archer en una América poseída por la codicia y por la violencia, un tiempo en el que miles de hombres han vuelto de la II Guerra Mundial y aún no han logrado ni olvidarla ni encontrar su lugar en el mundo.

Las vidas habían perdido valor y el dinero reemplazaba cualquier creencia. Pero, como sabe Archer, a veces hay que mirar más cerca para darse cuenta de que la ambición no conoce ni a padres ni esposos. La primera novela de Lew Archer dibuja ya a ese detective emblemático, duro y profundo que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo. La maestría narrativa y la capacidad de Ross MacDonald para examinar el corazón humano tienen en esta extraordinaria novela su mejor representación. A la vez que inaugura la peripecia vital de un personaje tan extraordinario que en las novelas de MacDonald el mejor argumento, incluso, a veces, el único argumento es lo que piensa, hace o cambia Lew Archer.

Erlendur Sveinsson. El nombre “Erlendur”, el inspector protagonista de las novelas de Arnaldur Indridason, significa islandés ‘extraño’, ‘extranjero’, y su autor eligió por dos motivos. Por un lado, la novela negra tiene poca tradición en Islandia, así que cuando apareció la serie de Erlendur, éste era un ‘extraño’ en el marco de la literatura de la isla. Por otro lado, el inspector de policía pertenece a la generación de islandeses que, tras la primera guerra mundial emigraron desde el campo para asentarse en la ciudad de Reikiavik. La mayoría se adaptaron bien, pero algunos, como nuestro Erlendur, nunca consiguieron hacerse un lugar en la vida urbana, donde se sienten como ‘extraños’. Erlendur es una persona chapada a la antigua y las situaciones más cotidianas en el ámbito urbano se le antojan de lo más raras.

Su autor dijo de él: “Pero lo que le interesa no es tanto el desaparecido en sí, sino los que quedaron atrás, los que siguen esperando una respuesta a lo que ocurrió”.

Erlendur Sveinsson es un hombre obsesionado por el pasado debido a algo que le pasó en su infancia y lo marcó para siempre. La vida del inspector se detuvo en ese punto. Erlendur se pasa el día leyendo relatos sobre la gente que se extravía en tormentas de nieve, desaparecen bajo aludes, caen en grietas de glaciares…Los que han leído las novelas de Indridason saben que Erlendur es un policía comprensivo que siente una gran compasión por las víctimas y desea darles respuestas. El autor explicó que quizás es así porque el inspector mismo carga con una desaparición sin respuesta alguna. Y esa falta de respuesta le lleva a fallar en su vida personal. Porque aunque Erlendur sea un excelente policía, es un malísimo padre de familia. Es incapaz de asumir la responsabilidad de tener una familia. Cuando se divorció de su mujer, abandonó a sus hijos, se divorció de ellos y ahora es consciente de su parte de culpa en lo que ha sido de sus vidas.

Bernie Gunther. Quizás uno de los grandes personajes de la novela negra contemporánea. Al menos, atendamos a su definición como uno de los mejores construidos. Cínico, malencarado, rudo, pero honesto y sensible, con un humor negro y criminal extraordinario, un auténtico Marlowe insertado en la Alemania nazi. Siempre aderezado, eso sí, por las sombras funestas del propio Hitler, Goering, Hess, Heydrich: esos secundarios de lujo que hemos aprendido a nombrar en las novelas de Philip Kerr encogiendo el estómago, imposibles de recrear más espeluznantes y terribles, pero también grotescos. En cualquier caso, Gunther ya no puede ser nunca el mismo –¿quién lo pudo seguir siendo, con la llegada de los nazis al poder?–, una vez que abandonó la KRIPO, la policía criminal, por su fidelidad a Weimar. En cierto modo, su corazón y su inocencia ya no están a salvos, es pendenciero y pesimista, pero siempre sabe engancharse a la menor oportunidad de vivir.

Vivir, para Gunther, siempre es un verbo que representa a una mujer. Esas mujeres que serán sus aliadas, del modo que a Gunther le gusta aliarse con las mujeres: fuera y dentro de la cama, sin complejos y sin límites. Pero son mujeres que siempre acaban escapándose de las manos.

“Puede que Dios inventase al demonio, pero el Guía se lo debemos a Austria”

Cada novela es un testimonio de horror nazi, un juego de enigmas pendenciero y una entrañable alegoría acerca del amor. Kerr aquí trasciende a Hammet, a Chandler porque no los imita, sino que los contiene en la atmósfera de una serie que se nos incrusta en la memoria y ahí se queda, jugando permanentemente con frases de Gunther. “Puede que Dios inventase al demonio, pero el Guía se lo debemos a Austria”. Nada mejor que Berlín y sus ecos nazis, porque no había otro escenario capaz de reproducir, como lo hizo aquella Alemania, comportamientos mafiosos y pendencieros, inhumanos y crueles. Así que Gunther está ahí. Frente a este escenario, que a su vez le contagia inevitablemente, que transita con angustia y a veces desesperación, pero con valentía y anegación.