Dublin (Capitales del crimen)

Capitales del crimen: Dublín

16 julio 2013

Asegura Benjamin Black, el alter ego noir de John Banville, que, cuando decidió escribir novela negra, pensó que no podía haber un lugar mejor para situar las desventuras de su detective, el forense grandullón Garret Quirke (por entonces aún desconocido), que Dublín, ni mejor época que los años 50. Porque el Dublín de los 50, dijo, tenía un ambiente decididamente siniestro, desdibujado por la niebla, por el humo de las chimeneas y por la lluvia constante. Y, por lo tanto, era el lugar ideal para la clase de historias que arrancan con un crimen. Lo curioso es que la ciudad ha cambiado tan poco desde entonces que, por ejemplo, la orilla norte del río Liffey sigue dominada por los dos majestuosos edificios neoclásicos de finales del XVIII que menciona Black en sus historias: Custom House (que hace las veces de aduana del puerto) y Four Courts (el Palacio de Justicia). No ha habido nunca un pub llamado McGonagle, pero el local que lo inspiró sigue existiendo, es el McDaid’s, que está en el número 3 de Harry Street, lugar de reunión de los escritores más conocidos de aquella época (entre ellos, Flann O’Brien y Patrick Kavanagh).

Tal vez la ciudad no haya cambiado, pero sí lo ha hecho la manera de vivir. Lo primero que llama la atención de las novelas de Tana French, también ambientadas en la ciudad natal de James Joyce, es que su Dublín, el Dublín de hoy, se encuentra atestado de bloques de apartamentos, como el inmenso edificio donde vive el inspector protagonista de su última novela, Faithful Place (SN, 239), situado en la zona de los muelles y construido en los 90, como dice Frank, «posiblemente por David Lynch». También menciona French las tiendas «con ínfulas de elegancia» de Grafton Street, calle cercana al distrito de Liberties, hogar de peluqueras, albañiles, parados y tipos duros, el lugar donde transcurre su citada última novela. El Dublín de French es ligeramente menos brillante que el de Black, en el sentido de que en el suyo la nostalgia no existe y la vida diaria se impone, con sus horarios y sus miserias cotidianas, aunque a veces, Faithful Place, como dice French, puede llegar a tener un aspecto «ordenado e inocente, como salida de un sueño, llena a rebosar de una luz clara de color limón que flota sobre los adoquines agrietados».

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