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Tatuados por el diablo

20 mayo 2019

La ley del crimen es un completísimo (y a muchos ratos aterrador) estudio sobre las mafias rusas a cargo de uno de los mayores expertos mundiales en crimen organizado, poniendo sobre todo el foco en el grupo más perverso y longevo, llamado vory v zakone (traducible por “ladrones dentro de la ley”), cuyos miembros siguen un estricto código de actuación y de honor. Mark Galeotti combina la rigurosidad del historiador y la amenidad del periodista para ofrecer un vasto fresco sobre la vida gangsteril en Rusia, que abarca desde los ladrones de caballos en la época zarista hasta los multimillonarios de hoy que amasan una fortuna con la complicidad del gobierno de Vladimir Putin.

Uno de los apartados más fascinantes de la obra es el dedicado a los tatuajes de los delincuentes, que utilizan su cuerpo como una suerte de registro autobiográfico donde, entre la información suministrada, se citan maldades heroicas y tiempo pasado en prisión. Su origen hay que buscarlo en los gulags que multiplicaron su población reclusa y esclava durante la Segunda Guerra Mundial: el tatuaje permitía distinguir a los criminales de los prisioneros políticos. Para un fuera de la ley, su colección de inscripciones cutáneas recibe el nombre de “traje” (mast en ruso) y supone una suerte de tenebroso currículum vital -u hoja de servicios- que detalla sus logros y fracasos, las sentencias cumplidas, sus “familiares” dentro del submundo criminal e incluso su oficio, otorgándole en consonancia mayor o menor estatus y poder dentro de la comunidad facinerosa. Tal es el sacrilegio que supone grabarse un tatuaje no merecido que su responsable puede ser condenado a muerte o, en el mejor de los casos, ser forzado a eliminarlo con un cuchillo, papel de lija, un trozo de cristal o un ladrillo.

Muchos de ellos, apunta Galeotti, son toscos en su ejecución pero también abundan los que muestran unas grandes dotes artísticas (ser un tatuador habilidoso, añade el autor, significaba que tus probabilidades de sobrevivir a los gulags aumentaba pues pasabas a ser un protegido de los criminales, quienes te garantizaban mayores raciones de comida y te mantenían al margen de reyertas violentas).

Aquí puede encontrar el lector algunos ejemplos de tatuajes, sin que obviamente sirvan de invitación a reproducirlos en su propia piel.

Antonio Lozano

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