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Siete tumbas, un invierno

13 enero 2020

El autor empezó a ambientar relatos y novelas en la mayor isla del planeta -pese a lo cual su población total es de 56,000 habitantes, 15.000 de los cuales residen en su capital, Nuuk- durante los dos años en que ejerció la docencia en Qaanaaq, el asentamiento septentrional con mayor densidad de población y eso que son apenas seiscientos sus moradores en los picos de mayor afluencia. Hablamos de un lugar en el que no existen carreteras y cuyas distancias se recorren o bien en coche, motos de nieve y trineos tirados por perros, siempre, claro está, que el hielo sea lo suficientemente compacto y grueso, o bien en avionetas, helicópteros y barcos. Siete tumbas y un invierno supone pues la primera entrega de un ciclo con una ambientación tan sugerente como fuera del lo común, dominada por unos fascinantes paisajes árticos, tan bellos como inclementes, tan vastos como solitarios, y donde las duras condiciones de vida tienen lógicamente un peso determinante.

Su trama arranca con un logrado montaje en paralelo donde un grupo de personas, que viven semi aisladas en un fiordo del norte, cavan siete tumbas antes de que llegue el invierno y la dureza de la tierra impida dar sepultura a los muertos por llegar, y con el asesinato de una joven. La víctima se revelará hija de la Primera Ministra del país, inmersa en la preparación de unas inminentes elecciones que se presentan muy reñidas, dado que al partido rival, de perfil conservador y nacionalista, va acortando distancias. El líder del mismo es un turbio personaje que se dedica a seducir jovencitas de origen mixto -sangre groenlandesa y danesa- mientras que en sus discursos públicos aboga por la pureza de la raza.

Pese a que el jefe de policía David Maratse, hilo conductor del ciclo, ha tenido que acogerse a una jubilación anticipada después de las graves secuelas físicas de un caso anterior, y se ha instalado en un pueblo con la idea de centrase en la pesca y la caza, cederá a la petición de la Primera Ministra para que participe de la investigación criminal.

Siete tumbas, un invierno acerca al lector a un tema poco conocido como son los conflictos políticos, identitarios y lingüísticos que hierven en el seno de la sociedad groenlandesa. De fuerte influencia escandinava, la obra destaca -amén de por sus escenarios- por la composición del personaje de Maratse, introvertido y astuto a la manera del Kurt Wallander de Henning Mankell, y en especial por la relación de complicidad con su ex subordinada, Petra Jensen, sobre la que ejerce de mentor espiritual. Con un gran sentido del ritmo, funciona tan bien en las escenas de acción como en la descripción de la psicología e intimidad de los personajes.

Christoffer Petersen, que ha vuelto a vivir en Dinamarca tras los siete años de estancia en Groenlandia, nos descubre un territorio, una cultura y una sociedad que continúa siendo un misterio para la mayoría de lectores, ampliando así las costuras del género negro.

Antonio Lozano

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