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Cuando el arte llama al crimen

10 julio 2020

El vínculo entre arte y crimen, base de su novela Una obra maestra -cuyo título original es excéntricamente desconcertante: The Burnt Orange Heresy, es decir, La herejía del naranja tostado, a partir de una broma con un tono cromático que encierra una sorpresa muy chocante- forma parte de la propia biografía demencial de Charles Willeford (Little Rock, 1919-Miami, 1988), quien a los 8 años ya era huérfano y a los 15 se subió a un tren de mercancías con el que recorrió la frontera de México durante un año bajo una identidad falsa. Y es que a los 30 años, después de haber dejado el ejército no sin antes recibir diversas condecoraciones por la heroicidad demostrada durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó a estudiar Arte e Historia del Arte en la Universidad de Bellas Artes de Lima hasta que fue expulsado al revelarse que en verdad carecía de los diplomas académicos requeridos. Más adelante estudiaría pintura en Francia y este bagaje en la materia, junto con sus conocimientos del mundo de la crítica, en tanto que colaborador del diario The Miami Herald elaborando reseñas literarias, y todo esto a su vez unido a una personalidad seducida por la transgresión de la ley, son los ingredientes fundamentales para entender la génesis y razón de ser de Una obra maestra. Publicada originariamente en 1971 y con la particularidad de ser el primero de sus libros en aparecer en tapa dura, la novela- considerada entre lo mejor de su producción noir, que despegaría definitivamente trece años después con la publicación de Miami Blues (RBA), la primera entrega de su canónica tetralogía dedicada al sargento Hoke Moseley- hunde sus raíces en la tradición del pacto fáustico: un acaudalado coleccionista ofrece a un ambicioso crítico de arte, James Figueras, la posibilidad de entrevistar a un pintor sumamente reclusivo y enigmático (pensemos en una visión pictórica y extrema de Salinger), Jacques Debierue, oferta que impulsará su carrera al permitirle escribir un ensayo sobre su elusiva y legendaria figura, pero siempre y cuando acceda a robar un cuadro y entregárselo. Completa el cuarteto protagonista una bella joven que aparece súbitamente en la vida del crítico y cuyo rol va transformándose (apasionada compañera de lecho, cebo inconsciente, voz de la conciencia). Tratándose de Willeford, su querencia por el humor negro y el giro astuto, llevarán la acción por derroteros inesperados.

Entre diversos apuntes sobre los delirios asociados al arte de vanguardia que dotan a la trama del toque sofisticado y culto que son marca de fábrica del autor, junto con la descripción de esa tórrida Florida que confiere cierta cualidad irreal o alucinógena a los hechos, la historia tiene su principal foco de interés en el estudio de la figura del crítico como vampiro, alguien que suple sus limitaciones creativas parasitando el talento (¿y la vida?) del auténtico artista. El crítico pues como usurpador por la fuerza de los dones ajenos, empujado por otro elemento secundario y turbio del universo artístico, el del coleccionista avaricioso que compra con dinero lo que no puede obtener por sus propios medios.

La muy notable adaptación cinematográfica de Giuseppe Capotondi, que se estrenará el próximo 31 de julio, pone también el acento en el modo en que el alma de Figueras se va tiznando desde el momento en que acepta un pacto diabólico que irá torciéndose hasta tomar los caminos del fuego y de la sangre. El recurrente uso de la mosca como símbolo del pecado desde los tiempos de la pintura medieval, suerte de marca de Caín en los lienzos, y una muy lograda manifestación física del concepto de culpa constituyen elementos visuales potentes que amplían los horizontes narrativos de Willeford. Una novela negra de alto voltaje satírico que, aún partiendo de bases tradicionales como el estudio de la tentación venenosa y el engaño planificado, juega a reírse a costa de las derivas absurdas del arte y la confianza del lector en la anticipación de los acontecimientos.

Antonio Lozano

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