Todo artista está en deuda con aquellos que lo han precedido. Así es, lo quiera o no y tenga o no conciencia de ello. Ya sea que baile, juegue al fútbol o escriba libros, crea una prolongación del trabajo de los demás. Sin embargo, unas deudas son más significativas que otras pero hay quienes, por haberlas contraído, tampoco consiguen destacar.

Por ejemplo, todos los escritores de novelas policíacas actualesestán en deuda con Sjöwall y Wahlöö, incluidos aquellos que jamáshan leído un solo libro de Sjöwall y Wahlöö y pueden afirmar habersesustraído por completo a su influencia. Y es que Sjöwall yWahlöö, al igual que otros escritores como Raymond Chandler,Dashiell Hammett y Georges Simenon, han creado el género, lasexpectativas del lector de cómo ha de ser una novela policíaca y,con ello, el punto de partida, el grado cero a partir del cual todo escritorcuya obra lleve en la cubierta la promesa de «novela policíaca» comienza su comunicación con el lector.

Cómo proseguir a partir de ahí es una elección personal. Y, claroestá, se puede crear algo totalmente novedoso: tal y como hicieronSjöwall y Wahlöö.

La pareja sueca publicó en 1967 su éxito El hombre del balcón.El verano de 1963, dos niñas sufrieron abusos sexuales y fueron asesinadasen Estocolmo por un sujeto que las apartó con engaños delparque en que jugaban; este suceso del mundo real fue el punto departida de la novela. Y, además, es también lo primero que nosllama la atención cuando empezamos a leer el libro: que se trata deuna historia real. La escena inaugural es un relato objetivo que, aisladamente,no presenta ningún tipo de rasgo dramático ni cargaemocional alguna. En ella se describe un pueblo que se despierta,las rutinas de sus habitantes, los individuos que constituyen las piezasclaves de dichas rutinas, el mosaico de pequeños sucesos trivialesque pueden observarse desde el balcón de una ciudad bienorganizada de la socialdemocracia escandinava. Así pues, cabe preguntarsecómo es que dicha escena inaugural transmite un horrortan notable y extraño. En mi opinión, se debe a dos razones muysencillas.

En primer lugar, porque en la portada del libro puede leerse«novela policíaca» y así, cuando nada más comenzar a leer se nosintroduce a una persona totalmente anónima, todas nuestras expectativasse activan y gritan (incluso antes de que se nos haya reveladoque se ha cometido un delito) que es posible que, en esemismo momento, estemos conociendo al antagonista de la historia.En segundo lugar, por el título de la novela, que nos advierte queese lugar (el balcón) y esa persona (el hombre), serán cruciales enel relato. Por otro lado, esa persona ve, además, a otros hombresque están en otros balcones, con lo que la incertidumbre (y la expectación)también radica en el tipo de punto de vista del autor. Lainteracción entre la obertura y el título contribuye no solo a que Elhombre del balcón sea uno de los mejores títulos de la novela negra,sino también a que la atención del lector se agudice desde el primerinstante, sin disminuir después en ningún momento.

También cuando se nos conduce por la galería de los personajesque encarnan a los policías experimentamos una notable sensaciónde realidad. Se trata de personas normales, con destinos normales,ideas normales, problemas y alegrías normales, que no están por encimade la vida normal (no son larger than life), pero tampoco por debajo.Sencillamente, están hechos de la misma pasta que la realidad,ya sea el personaje de Martin Beck, un héroe mediocre, o el insoportabley no menos mediocre Gunvald Larsson, que aparece en estelibro por primera vez. Ese realismo sobrio y casi estricto se ve reforzadotanto por el modo en que se narra la historia como por el desarrollode la misma. La exposición es absolutamente cronológica,centrada de forma casi exclusiva en los casos de asesinato y el lenguajelimpio de elementos superfluos. Buen ejemplo de ello es el interrogatorioen que solo se reproduce el diálogo y donde los personajes seven reducidos a una simple letra delante de cada réplica. Es como siel lector pudiese ejercer del policía que tiene acceso a la grabaciónpudiendo así interpretarla él mismo y escuchar también lo que no sedice. Y no es casualidad, pues El hombre del balcón es, en verdad, unanovela policíaca. Tras la perspectiva inicial sostenida desde el balcón,el punto de vista va pasando de unos personajes a otros, sin dejar deser el de la policía en todo momento. Además, el cuadro está coloreadocon detalles tanto más realistas, por cuanto que resultan triviales,relativos al trabajo policial en la Suecia de los años sesenta.

Sin embargo, si podemos decir que la burocracia policial y losplazos de espera de los resultados de las investigaciones técnicasconstituyen el color gris del relato, el amarillo, el rojo y el verdeestán en las casas, las calles y los parques de Estocolmo y en la riquezacromática del verano escandinavo.

¿Es posible enamorarse de una ciudad en la que nunca se ha estado?Por supuesto que sí, para eso es la literatura. Yo crecí en losaños setenta y, al igual que muchos otros escandinavos, desarrolléuna profunda y sincera relación de amor con la ciudad de Estocolmogracias a la novela de Ulf Lundell titulada Jack, donde explotaal máximo las posibilidades de la ciudad. Sin embargo, fue eluso cauteloso, casi tímido de los escenarios de la ciudad que aparecenen El hombre del balcón el que me enamoró por completo. Ycuando hoy releo la novela, me resulta imposible señalar exactamentedónde consiguen esto los autores, cuándo construyen Estocolmo,cómo crean esa sensación de un tiempo y un espacioespecíficos. Cuando, por ejemplo, el escritor de ciencia ficción RayBradbury aproxima al lector al planeta Marte, lo pinta y describe agrandes pinceladas y en un gran lienzo. Sjöwall y Wahlöö logranel mismo efecto con el nombre de una calle dicho a través de unaradio de la policía. Ignoro cómo es posible, solo sé que, tras haberleído una novela relativamente breve con escasas descripciones depaisajes y centrada en el asesinato, la investigación y la vida de unpuñado de policías, yo había visitado Estocolmo de una maneramás real y cercana que si hubiese viajado hasta allí. Y lo sé porqueahora sí he estado allí. Pero podría decirse que me desorienté enEstocolmo, construida en dos planos que me despistaban, y que envano fijaba la mirada en las fachadas urbanas y humanas sin lograrpenetrarlas. Posiblemente, porque resulta más fácil cuando se estáapoyado sobre alguien que es más grande.

¿Por qué resulta tan emocionante El hombre del balcón? Creoque es tan sencillo, que uno puede creérselo. Y se lo cree porquecontiene la marginalidad, la normalidad y el sinsentido que existenen la realidad. La mayoría de los narradores detestan semejanterealismo porque les arrebata parte de su poder como arquitectos ymaestros de su obra. En El hombre del balcón, uno experimenta lasensación de que las cosas no suceden por orden del narrador, sinoa instancias de la realidad. La acción no viene determinada por lafuerza de la gravedad dramática, porque la trama sea complacientecon el público, ni por una elección moral del protagonista que reveleuna historia más importante o general. En El hombre del balcón,la redacción es invisible y la sucesión de los hechos vieneaparentemente determinada por lo que Bob Dylan, otra de las vocesde la época, llamó a simple twist of fate. Con sus calladas descripcionesy sus pequeñas síncopas dramáticas se crea una imprevisibilidadfascinante, una sensación de azar, de que simplemente, no senos garantiza ninguna aclaración ni explicación plausible del delito.Es decir: uno no puede por menos que creer. Lo que no está nadamal viniendo de un libro en cuya portada puede leerse «novela policíaca». Casi podría creerse que es arte.

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